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11 de abril de 2021

Destacadas - La plaza descompuesta

 Martín fue el primero —y tal vez el único— en percibir que en la plaza pasaba algo raro. Aquél martes por la tarde, después de terminar la tarea de la escuela, Martín fue hasta las hamacas del sector de juegos y se detuvo frente a su favorita. Asentó la cola sobre la tablita de madera roja, descascarada y, apoyándose en puntas de pie, la empujó para dar el envión que la echaría a andar, suavemente, hacia adelante. Pero no fue ésto lo que pasó.



En el momento en que Martín se sentó en la hamaca, ésta salió disparada y comenzó a subir como esas enormes ruedas que hay en los parques de diversiones. Dio un giro completo alrededor del caño que sostenía las cadenas, y se detuvo de golpe en el sitio de arranque quedando tal como estaba cuando Martín llegó a la plaza: completamente quieta. 
Martín sintió el estómago en la garganta y cosquillas en la cabeza. No comprendía lo que había ocurrido. 
Dos chicos que jugaban en el arenero lo miraron sorprendidos, y una niña pequeña, que sostenía un balde de plástico, lo señalaba con la palita. Martín estaba confundido. 
Decidió intentarlo de nuevo. Pero esta vez prestó atención a cada uno de sus movimientos: la cola sobre la tablita descascarada, las manos firmes sobre las cadenas lustrosas, los tres pasos hacia atrás hasta quedar en puntas de pie haciendo fuerza con la espalda y, finalmente, tres movimientos que realizó al mismo tiempo, dió el último empujón hacia atrás, levantó los pies del suelo con un saltito de gorrión —como los que andaban por la plaza— y cayó sentado sobre la tablita que ya comenzaba moverse hacia adelante. 
Enseguida se encontró —con las piernas extendidas y las rodillas rígidas— apuntando hacia el claro que se abría entre los árboles que rodeaban el sector de juegos. Después vino el cielo abierto, los edificios y los árboles que estaban detrás de la hamaca, pero al revés, todo el sector de juegos en un ángulo raro —como una bandeja que se vuelca hacia adelante con tazas, platos y cubiertos— y, finalmente, la llegada —como un avioncito de madera balsa que planea sobre el pasto.



Sí que era verdad. ¡Había dado la vuelta entera! Cuántas veces él, Javier y Tomás se habían parado sobre aquella hamaca con las rodillas flexionadas para lograr más potencia en la salida y en cada una de las arremetidas por seguir subiendo. Hasta Mariana lo habían intentado. Pero nunca lograban ir más allá del punto en que las cadenas quedaban en posición horizontal. Ése parecía ser el límite último al que se podía llegar. Nadie podía ir más lejos: ni los chicos de la secundaria. 
Y ahora él lo había logrado. Bueno, no había sido él, en realidad, sino la hamaca. De todos modos —y tal vez por ese motivo—, la experiencia había sido alucinante. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, como cuando Mariana le dijo que sí, que quería ser su novia. 
La hamaca fue sólo el comienzo. En la siguiente media hora aprendió —si se le podía llamar así ya que cualquier cosa que él se proponía la hamaca la realizaba como si pudiera leerle la mente— a dar muchas vueltas seguidas —llegó a diecisiete sin parar—; a detener la hamaca en cualquier parte del recorrido —en el punto más alto, por ejemplo, en el que el mundo quedaba al revés—; a lograr que la hamaca anduviera hacia atrás —una experiencia extraña en la que todo parecía alejarse continuamente, como si el tiempo marchara al revés. 
Probó todos los juegos. Se balanceó solo en el subibaja y hasta permaneció un rato arriba, como cuando jugaba con Miguel, que era bastante gordito. Se deslizó por el tobogán, pero de abajo hacia arriba. Dió vueltas en la calesita manual, a toda velocidad, como cuando la empujaban los chicos más grandes de la plaza, hasta terminar totalmente mareado, acostado de espaldas en el pasto, sintiendo que eran la plaza y el mundo los que giraban a su alrededor. 
Las acrobacias que realizó en el tambor de lata —ese que parece un potro de montar— fueron dignas de un espectáculo de rodeo. Y en el pasamanos —en el que nunca había podido andar más de tres o cuatro peldaños porque las manos no le aguantaban más— hizo lo que le vino en gana: lo recorrió de ida y vuelta en una sola mano, y hasta saltó de peldaño en peldaño sosteniéndose con dedo meñique. 
Y en eso estaba cuando el cuidador lo vio. Primero lo observó detenidamente, con los brazos en jarra, y luego comenzó a caminar frotándose el mentón. Martín pensó que vendría hacia él, pero no fue así. El cuidador se dirigió a su refugio, que estaba ubicado bajo tierra y cerrado por una puerta de chapa de la que colgaba un grueso candado. En la puerta había un cartel con la inscripción: «PRIVADO». El cuidador quitó el candado, abrió la puerta, y se perdió en la oscuridad. Y allí permaneció un rato largo. 
Martín esperó, inmóvil, sobre la tablita roja. Cuando el cuidador emergió de su refugio se encaminó hacia al teléfono público de la esquina. Mientras hablaba agitaba su mano libre imitando las acrobacias que Martín había realizado en el pasamanos. Entonces, Martín se fue a su casa. 
Al día siguiente, una cinta de plástico blanco, con rayas rojas que la cruzaban en diagonal, impedía la entrada a la plaza. Un cartel indicaba: “PLAZA DESCOMPUESTA”. Diez o doce personas, con uniformes azules y una inscripción amarilla en la espalda que él no alcanzaba a leer, entraban y salían del refugio del cuidador. Recorrían los juegos revisando los apoyos de las columnas de caño, probaban las bisagras, y controlaban las cadenas. Algunos tenían cascos con enormes viseras de acrílico, otros sostenían en la mano un soldador con un cable largo que se perdía en el interior de un vehículo que parecía una ambulancia azul. En el vehículo había una inscripción amarilla que esta vez sí podía leer: “ESCUADRÓN ESPECIAL DE MANTENIMIENTO DE PLAZAS”. 
Un hombre bajito, con una gran gorra de general y anteojos negros, dirigía las operaciones desde una tarima de madera. Una mujer sentada al volante del vehículo azul fumaba con cara de aburrida. Trabajaron hasta que llegó la noche.



Al mediodía, cuando llegó de la escuela, Martín dejó los útiles y corrió hasta la plaza. Tenía un mal presentimiento. Lo confirmó cuando apoyó la cola sobre la tablita de su hamaca preferida, que ahora estaba pintada de un color azul brillante —como el camión del Escuadrón de Mantenimiento—, y en la que una inscripción amarilla indicaba: “PLAZA REPARADA”. Esta vez, a un empujón de Martín, la hamaca echó a andar, suavemente, hacia adelante. 

Douglas Wright


2 de septiembre de 2012

El libro y la silla





El libro y la silla


Obra de teatro para ser filmada, y vista por televisión.

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Personajes de la obra

Un libro con tapas de cuero.
Una silla de caoba.
Un par de manos.
Un teatro (el telón, el escenario y especialmente las butacas), los productores, el acomodador y sus hijas (ausentes).

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Sube el telón

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Acto I

Escena única

Un libro grande, forrado en cuero, de aspecto digno (tipo Enciclopedia Británica, pero no tan británico), de unas 500 páginas (una escrita, y 499 en blanco).

En la tapa, el siguiente título: “Tratado acerca de la objetividad”.

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Acto II

Escena única, también

Unas manos (que aparecen no se sabe de dónde) abren el libro en la primera página, donde se puede leer: “La objetividad no existe, me parece”.

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Acto III

Tiene dos escenas, pero sólo se representa la primera

Una silla, en medio del escenario, dice:
—Sí, existe. Es nuestra subjetividad.

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Baja el telón

Las butacas (la mayoría de ellas, al menos) aplauden a lo loco (con un entusiasmo que la cordura no tiene).

Los espectadores quedan expectantes (casi como butacas).

Los productores piensan: “ésto da para una secuela”.

“Y llevarla a las escuelas”, piensa el acomodador, que tiene dos hijas en edad escolar; una con el cabello dorado, como las letras de la tapa del libro, y la otra con el cabello caoba, como la silla.


Fin




23 de mayo de 2012

El chico que estaba adelantado

   


     El chico que estaba adelantado
           
     Esa mañana, Miguel se levantó antes que él. Es decir, antes que él mismo.
     Fue al baño, y encontró que ya estaba cepillándose los dientes, y, mientras se lavaba la cara, notó que ya se la estaba secando.
     Todo el día fue así: mientras subía al colectivo vio cómo ya estaba sentado en el asiento del fondo, al lado de la ventanilla, en clase, levantó la mano justo después de haber respondido a la pregunta de la maestra, y, en el recreo, se colocó detrás de él mismo en la cola del quiosco.
     Comió los fideos mientras pelaba la manzana del postre, y se sentó al lado suyo a hacer la tarea (cada cosa que leía en el libro de historia parecía que ya la había leído antes).
     Miró un rato la tele antes de irse a la cama (los dibujitos animados empezaban y terminaban al mismo tiempo), y, por la ventana de su dormitorio, vio cómo brillaba esa luna que ya se había ocultado detrás de unas nubes.
     “Es normal, eso pasa cuando estás creciendo”, le había dicho su mamá mientras cenaban.
     De todos modos, al irse a dormir, Miguel retrasó un poquito el reloj que estaba sobre su mesa de luz.

          Douglas Wright
    
    

15 de mayo de 2012

Una jirafa muy normal

    
    
 

     Una jirafa muy normal

     Esta es la historia de una jirafa normal.
     Esta es la historia de una jirafa muy normal. Tan normal como un buey.
     Bueno, esta es la historia de una jirafa que quería ser un buey (lo que, al parecer, es bastante normal entre las jirafas —al menos entre las jirafas que quieren ser un buey).
     ¿Qué puede haber más normal que una jirafa que quiere ser un buey?, pensará alguno.
     La cuestión es que esta jirafa estaba convencida de que era un buey que se había convertido en una jirafa (porque, al parecer, cuando era buey, lo que más quería era ser jirafa).
     En fin, esta jirafa normal (que quería ser un buey porque creía que antes había sido un buey que quería ser una jirafa) llevaba una vida normal, muy normal.
     Por la mañana salía a volar con las bandadas de flamencos, al mediodía corría carreras con las liebres (que siempre ganaban las tortugas), por la tarde dormía la siesta entre las algas del fondo de la laguna, y al atardecer rumiaba en silencio con los elefantes hasta la hora de volver a su casa.
     Cuando llegaba la noche se paraba bajo la luna (justo debajo de la luna) y cantaba canciones normales, muy normales, en las que relataba las aventuras de una mariposa que quería ser un pájaro carpintero.
     Lo que nadie puede imaginar es qué hubiera sido de esta jirafa tan normal si, tal como ella lo deseaba, se hubiese convertido en un buey.
     Mejor así, pensará alguno.


     Douglas Wright
   

    

Un día tranquilo


    
    
     
     Un día tranquilo 

     Miguel se levantó de la cama, se lavó la cara y los dientes, tomó el desayuno y pasó toda la mañana jugando en el jardín de su casa.
     Después de almorzar durmió la siesta.
     Por la tarde jugó con su autito de madera hasta la hora de la merienda, y después leyó un libro y miró la tele hasta que lo llamaron a cenar.
     Cuando terminó de comer el postre subió a su pieza, se puso el pijama y se preparó para ir a dormir.
     Iba rumbo a la cama cuando tropezó con su autito de madera.
     Miguel cayó por la ventana abierta y fue a parar sobre un caballo que lo lanzó sobre un camión que iba rumbo al aeropuerto donde un avión lo llevó volando sobre unas montañas hasta un río donde se lanzó en paracaídas para ir a dar sobre un barco que luego de caer por unas cataratas atravesó un lago hasta llegar al puerto donde un ómnibus lo llevó hasta la puerta de su casa donde estaba su mamá sacando la basura.
     Miguel se fue a la cama pensando que, salvo por los últimos acontecimientos, había tenido un día tranquilo.


     Douglas Wright

    
    

3 de agosto de 2011

La plaza descompuesta


Martín fue el primero —y tal vez el único— en percibir que en la plaza pasaba algo raro.
Aquél martes por la tarde, después de terminar la tarea de la escuela, Martín fue hasta las hamacas del sector de juegos y se detuvo frente a su favorita. Asentó la cola sobre la tablita de madera roja, descascarada y, apoyándose en puntas de pie, la empujó para dar el envión que la echaría a andar, suavemente, hacia adelante. Pero no fue ésto lo que pasó.



En el momento en que Martín se sentó en la hamaca, ésta salió disparada y comenzó a subir como esas enormes ruedas que hay en los parques de diversiones. Dio un giro completo alrededor del caño que sostenía las cadenas, y se detuvo de golpe en el sitio de arranque quedando tal como estaba cuando Martín llegó a la plaza: completamente quieta.
Martín sintió el estómago en la garganta y cosquillas en la cabeza. No comprendía lo que había ocurrido.
Dos chicos que jugaban en el arenero lo miraron sorprendidos, y una niña pequeña, que sostenía un balde de plástico, lo señalaba con la palita. Martín estaba confundido.
Decidió intentarlo de nuevo. Pero esta vez prestó atención a cada uno de sus movimientos: la cola sobre la tablita descascarada, las manos firmes sobre las cadenas lustrosas, los tres pasos hacia atrás hasta quedar en puntas de pie haciendo fuerza con la espalda y, finalmente, tres movimientos que realizó al mismo tiempo, dió el último empujón hacia atrás, levantó los pies de suelo con un saltito de gorrión —como los que andaban por la plaza— y cayó sentado sobre la tablita que ya comenzaba moverse hacia adelante.
Enseguida se encontró —con las piernas extendidas y las rodillas rígidas— apuntando hacia el claro que se abría entre los árboles que rodeaban el sector de juegos. Después vino el cielo abierto, los edificios y los árboles que estaban detrás de la hamaca, pero al revés, todo el sector de juegos en un ángulo raro —como una bandeja que se vuelca hacia adelante con tazas, platos y cubiertos— y, finalmente, la llegada —como un avioncito de madera balsa que planea sobre el pasto.



Sí que era verdad. ¡Había dado la vuelta entera!
Cuántas veces él, Javier y Tomás se habían parado sobre aquella hamaca con las rodillas flexionadas para lograr más potencia en la salida y en cada una de las arremetidas por seguir subiendo. Hasta Mariana lo habían intentado. Pero nunca lograban ir más allá del punto en que las cadenas quedaban en posición horizontal. Ése parecía ser el límite último al que se podía llegar. Nadie podía ir más lejos: ni los chicos de la secundaria.
Y ahora él lo había logrado. Bueno, no había sido él, en realidad, sino la hamaca. De todos modos —y tal vez por ese motivo—, la experiencia había sido alucinante. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, como cuando Mariana le dijo que sí, que quería ser su novia.
La hamaca fue sólo el comienzo. En la siguiente media hora aprendió —si se le podía llamar así ya que cualquier cosa que él se proponía la hamaca la realizaba como si pudiera leerle la mente— a dar muchas vueltas seguidas —llegó a diecisiete sin parar—; a detener la hamaca en cualquier parte del recorrido —en el punto más alto, por ejemplo, en el que el mundo quedaba al revés—; a lograr que la hamaca anduviera hacia atrás —una experiencia extraña en la que todo parecía alejarse continuamente, como si el tiempo marchara al revés.
Probó todos los juegos. Se balanceó solo en el subibaja y hasta permaneció un rato arriba, como cuando jugaba con Miguel, que era bastante gordito. Se deslizó por el tobogán, pero de abajo hacia arriba. Dió vueltas en la calesita manual, a toda velocidad, como cuando la empujaban los chicos más grandes de la plaza, hasta terminar totalmente mareado, acostado de espaldas en el pasto, sintiendo que eran la plaza y el mundo los que giraban a su alrededor.
Las acrobacias que realizó en el tambor de lata —ese que parece un potro de montar— fueron dignas de un espectáculo de rodeo. Y en el pasamanos —en el que nunca había podido andar más de tres o cuatro peldaños porque las manos no le aguantaban más— hizo lo que le vino en gana: lo recorrió de ida y vuelta en una sola mano, y hasta saltó de peldaño en peldaño sosteniéndose con dedo meñique.
Y en eso estaba cuando el cuidador lo vió. Primero lo observó detenidamente, con los brazos en jarra, y luego comenzó a caminar frotándose el mentón. Martín pensó que vendría hacia él, pero no fue así. El cuidador se dirigió a su refugio, que estaba ubicado bajo tierra y cerrado por una puerta de chapa de la que colgaba un grueso candado. En la puerta había un cartel con la inscripcción: «PRIVADO». El cuidador quitó el candado, abrió la puerta, y se perdió en la oscuridad. Y allí permaneció un rato largo.
Martín esperó, inmóvil, sobre la tablita roja. Cuando el cuidador emergió de su refugio se encaminó hacia al teléfono público de la esquina. Mientras hablaba agitaba su mano libre imitando las acrobacias que Martín había realizado en el pasamanos. Entonces, Martín se fue a su casa.
Al día siguiente, una cinta de plástico blanco, con rayas rojas que la cruzaban en diagonal, impedía la entrada a la plaza. Un cartel indicaba: “PLAZA DESCOMPUESTA”.
Diez o doce personas, con uniformes azules y una inscripción amarilla en la espalda que él no alcanzaba a leer, entraban y salían del refugio del cuidador. Recorrían los juegos revisando los apoyos de las columnas de caño, probaban las bisagras, y controlaban las cadenas. Algunos tenían cascos con enormes viseras de acrílico, otros sostenían en la mano un soldador con un cable largo que se perdía en el interior de un vehículo que parecía una ambulancia azul. En el vehículo había una inscripción amarilla que esta vez sí podía leer: “ESCUADRÓN ESPECIAL DE MANTENIMIENTO DE PLAZAS”.
Un hombre bajito, con una gran gorra de general y anteojos negros, dirigía las operaciones desde una tarima de madera. Una mujer sentada al volante del vehículo azul fumaba con cara de aburrida. Trabajaron hasta que llegó la noche.



Al mediodía, cuando llegó de la escuela, Martín dejó los útiles y corrió hasta la plaza. Tenía un mal presentimiento. Lo confirmó cuando apoyó la cola sobre la tablita de su hamaca preferida, que ahora estaba pintada de un color azul brillante —como el camión del Escuadrón de Mantenimiento—, y en la que una inscripción amarilla indicaba: “PLAZA REPARADA”. Esta vez, a un empujón de Martín, la hamaca echó a andar, suavemente, hacia adelante.


Douglas Wright

La torta de Lucrecia



Lucrecia quería hacer algo para impresionar a su amiga Sofía que vendría a tomar la leche el sábado por la tarde, a eso de las cinco. Así que el sábado, después de almorzar, se metió en la cocina y cerró las puertas. Sus padres dormían la siesta. Nadie la iba a interrumpir.
Pensaba en una torta. En una torta especial. No en una torta común y corriente de crema o chocolate con florcitas rosadas de mazapán. Lucrecia quería otra cosa. Pero no sabía qué.
Hojeó las revistas de recetas que su mamá guardaba en el estante que estaba sobre la heladera. En ellas encontró fotos de mujeres —un poco viejas y un poco gordas como sus tías— y siempre los mismos aburridos ingredientes. Que dos huevos acá... que medio kilo de harina allá... que batir esto, que tamizar lo otro. Todo muy, pero muy aburrido. Nada original, como lo que ella quería.
“Lo primero que necesito es un molde”, pensó, “para darle forma al proyecto y contener la fuerza expansiva de mi creatividad culinaria”. Lo de “creatividad culinaria” lo había leído en las revistas de su mamá, lo de “fuerza expansiva” lo había aprendido en el taller de ciencias de la escuela. Entonces recordó el neumático gordo, lleno de molduras en zigzag, que le quedaba de su primera bicicleta. Y la bocina roja de plástico; si la encontraba sería el adorno que coronara su torta, como la cereza en la punta de un helado, pero con sonido.
Colocó el neumático —que estaba bastante limpio porque con aquella bicicleta sólo había andado por el interior de su casa— sobre el tablero de damas que le había regalado su primo dos cumpleaños atrás, y que jamás había usado —salvo un verano de mucho calor para apantallarse.



Ya tenía la base —una especie de piedra fundamental de goma y cartón cuadriculado— de su torta especial. La llamaría “torta sorpresa” porque en realidad ni ella misma sabía lo que iba a contener. Ahora sólo faltaba el resto.
Pensó que, como harina y arena suenan parecido, podía reemplazar una por otra y, del arenero del jardín, trajo un balde y tres cuartos. A Lucrecia le pareció que esa medida (uno y tres cuartos) le daba a la receta un toque sofisticado. Sería un buen tema de conversación cuando Sofía llegara el sábado, a eso de las cinco.
Pero el proyecto todavía estaba en pañales.
Como la torta se veía un poco seca decidió empaparla con miel. Los motivos eran varios:
1°) La miel era espesa y evitaría que la arena se desparramara.
2°) La miel era pegajosa y le serviría para pegar los adornos.
3°) La miel nunca se usaba y su madre no se daría cuenta de que faltaba hasta que llegaran de visita los tíos del campo que la habían traído de regalo.
4°) Había un cuarto motivo, pero no recordaba cuál era.
Ahora el aspecto había mejorado bastante. El color dorado de la miel combinaba bien con el color arena de la arena, y la torta ya no parecía tan seca.
Adornos: necesitaba adornos. Con unas plantas de lechuga —que su mamá había tirado a la basura mientras preparaba la ensalada del almuerzo porque estaban marchitas— trenzó un cordón alrededor del neumático. Aplastó las hojas de lechuga hasta que todas tuvieron el mismo color verde negruzco. Le daban un toque de distinción, como el que tenían las estatuitas de bronce del estudio de ese abogado amigo del abuelo.
La idea de decorarla con velitas no le gustaba nada. Era un sufrimiento tener que soplarlas una y otra vez para las fotos de su cumpleaños. Para la foto de papá, que nunca tenía el flash listo; para la foto de la tía Rosa, que quería que soplara con una sonrisa; y para las fotos de mamá, que siempre sacaba de más, por las dudas. ¡Y a esas velas que se vuelven a encender solas dan ganas de aplastarlas de un manotazo!
Pero hacía falta algo luminoso, y recordó la linterna de campamento. La colocó en el centro, hundiéndola un poco, lo que hizo que la torta se pusiera panzona (como las de los dibujos animados). Sólo sobresalían el foco y la perilla de encendido. Pensaba usar el efecto baliza, que hace que una luz roja se encienda y se apague intermitentemente.



Cubrió el foco con un papel celofán de color rosa, que estaba algo arrugado, y lo sujetó con escarbadientes a la arena.
Un par de moscas había comenzado a revolotear sobre su creación, así que roció todo con un líquido que su mamá le echaba a las plantas, y que decía “ECOLÓGICO” en la etiqueta. “Muy ecológico no debe ser si se usa para matar insectos”, pensó. El olor no era agradable pero al menos podía continuar trabajando en paz. De todos modos pensaba darle el toque final con unas gotas de perfume —aquél que venía en un frasco con forma de corazón.
Lo principal ya estaba: buena forma, buen color, luces y brillo. Sólo faltaban los detalles de terminación, aquellos que hacen que todo se vea “super”. Pasta dental alrededor de la base — justo arriba de la trenza de lechuga— y una flor de la misma pasta mentolada al pie de cada uno de los escarbadientes que sostenían el papel celofán. Piedritas de colores brillantes del fondo de la pecera de su hermano mayor, que sacaría sin despertar a los pececitos de colores que —como sus padres— también dormían la siesta. Todo espolvoreado con el talco de fécula para la colita de su hermano menor.
Hmmm... la torta sorpresa se veía realmente especial. Había llegado el momento de tomar la decisión más importante: ¿horno o microondas?
Pensó en la goma del neumático, en el papel celofán y en el plástico de la linterna, y le pareció que iba a ser imposible lograr el punto de cocción justo para todo. Así que su decisión fue: en frío.
Sofía llegó puntualmente —a eso de las cinco. Prepararon dos vasos altos de leche muy chocolatada y llevaron la torta sorpresa a la habitación de Lucrecia —que era donde se reunían cada vez que Sofía venía a visitarla. Se sirvieron dos porciones generosas de torta en los platos de plástico del juego que le habían regalado para su cumpleaños, y se sentaron a comer. ¡Las galletitas dulces que había traído Sofía estaban riquísimas!



15 de abril de 2011

Una broma



Una mano que conocía bien me tomó de las plumas de atrás y me pegó un tirón suave y firme.

—Auch —susurré.

Sentí que ascendía por un tubo oscuro en medio del ruido que producía el entrechocar de varillas de madera. Y, de repente, la luz cegadora y el aire fresco.

—Ahhh —suspiré. Hacía mucho que no salía al exterior.

Enseguida me encontré tendida horizontalmente, sostenida sólo por dos puntos de apoyo. Una cuerda áspera me presionaba desde atrás (o yo la presionaba a ella, no lo sé). La tensión aumentaba a medida que la mano —esa que conocía bien— me iba jalando lenta y firmemente.

Mi costado se frotaba contra una gruesa vara de madera, lustrosa, bien pulida por el uso constante. La sensación era la de un agradable cosquilleo.

Sabía lo que iba a venir inevitablemente. Una excitación, como cuando se sube por la escalerilla de un avión (aunque nunca había viajado en uno —y los aviones todavía no se habían inventado). Unas ganas de querer y no querer al mismo tiempo. Un vacío en la boca del estómago, una opresión en el pecho, una suave pero intensa presión en las sienes (como cuando uno está en la alta montaña), salvo que yo no tenía ni estómago ni pecho ni sienes, y jamás había estado en la alta montaña. (Lo más alto que había llegado era la cima de una colina o la copa de unos árboles: ahí sí que había estado muchas veces.)

Un ruido vibrante y seco (como el TWANG de la onomatopeya de una historieta) restalló detrás de mí (iba a decir a mis espaldas... pero tampoco las tengo).

Una fuerza poderosa me atrajo hacia adelante (como cuando se pega el tirón final que saca del agua al pez que mordió el anzuelo: yo era ese pez).

Avancé por el aire, velozmente, sin ataduras (ni roces con maderas lustrosas, ni cuerdas ásperas apretándome desde atrás). Liberada, aunque sin libertad. Con un destino fijo, único, inevitable: ineludible. Prisionera de mi trayectoria (si quisiera ponerme sutil).

Los alrededores: borrosos. Paisaje: sí, pero sin nitidez de contornos. Verdes de mil distintos tonos se fundían en un manchón alargado (como si un piloto de carreras de Fórmula Uno filmara desde su auto en movimiento a un público vestido con mil distintos tonos de verde). Pero no había piloto ni público vestido de verde. Tampoco carreras de Fórmula Uno. Sólo el bosque.

Los borrones verdes quedaron atrás.

Se abrió por delante un gran espacio celeste y luminoso que también conocía.

Llegaron los olores, con retraso. Tomillo, laurel, hierba tierna y húmeda (ideal para jugar al golf), flores silvestres y, sobre todo: maderas.

Madera milenaria. Madera virgen. Madera como para construir la balsa más grande y más linda del mundo. Madera sombríamente húmeda y mohosa: Sherwood.

Una brisa fresca con olor a aire puro me azotó de frente (casi digo la frente) rozándome los costados. Otra vez cosquillas leves, agradables.

¡Qué sensación hermosa ! Qué sentimiento de libertad (aunque sabía, por supuesto, que no era libre: nunca lo sería). (Tal vez por eso todo se volvía tan intenso, tan único: tan último.)

Hasta ahí el movimiento (mi trayectoria, por decirlo así) había sido ascendente. Pujantemente ascendente.

Entonces todo pareció detenerse. Quedé inmóvil, suspendida, aunque sabía por experiencia que esto no era así (que no podía ser así) y que continuaba moviéndome hacia adelante. Sólo el ángulo de mi avance se había modificado levemente. Lo suficiente como para saber que ya no seguía subiendo. (Siempre sentía lo mismo al llegar al punto más alto de mi trayectoria.) En ese momento comenzaba el descenso, como el de un cisne que planea sobre un lago quieto.

Recién entonces me llegó —desde abajo y desde atrás— la risa vibrante de ese pelirrojo inmenso y bonachón: Little John. El "Pequeño" Juan.

Los verdes, antes borrosos, comenzaron a tomar la forma definida de las copas de unos árboles, de unos troncos, y de una pradera de ensueño (como aquella por la que andaba Julie Andrews al comienzo de La Novicia Rebelde, pero sin música —¡lástima!). (Unas praderas que las lluvias frecuentes mantenían verdes y tiernas. Un lugar como para acostarse a descansar y a soñar —si una pudiera). ¡Unas praderas para jugar al golf!...

La sensación de caída me sacó de estas cavilaciones (al las que soy tan afecta) y de mi ensoñación (¿producto de una vida demasiado sedentaria, tal vez?).

El celeste del cielo, tan lindo y tan brillante, empezó a desplazarse hacia arriba, y una línea horizontal apareció ante mí. No una línea definida. No una línea nítida. Desde ya, no una línea recta. Sí un serruchado contorno de bosques y colinas.

Y en el medio, un manchón gris, cuadrado, de piedra, se me vino encima tan rápido que apenas me di cuenta que estaba frente a las murallas de un castillo.

Dos gruesas cadenas en diagonal, apenas percibidas al pasar, enmarcaban el marrón de los gruesos tablones del portón de entrada del castillo. De "el" castillo: el único que conocía.

Primero un golpe seco (que había sentido muchas veces —y al que ya me estaba acostumbrando— pero que no me gustaba nada)... Después otro golpe (el del olor a resina al penetrar la madera —espeso, dulzón, con un regusto mentolado)... Y luego una vibración (como la de la cola de un perro mojado cuando termina de sacudirse)... marcaron el final de todos mis movimientos: el fin —al fin— de mi trayectoria.

Entonces la quietud, horizontal, tensa.

Por encima de las maderas del portón, grabado en el dintel de piedra de la entrada, alcancé a percibir el relieve del escudo de armas del señor del castillo. Estaba en Nottingham.

Enrollado en mi cuerpo flaco —y atado firmemente con una cinta roja que remataba en un moño elegante—: un pergamino. En la parte superior de su cara interna, en sombras, escrita en una caligrafía de mayúsculas rebuscadas y llenas de rulos decorativos, se podía leer la palabra: "ADVERTENCIA".

En el otro extremo del rollo grueso y amarillento, también en sombras, las iniciales: "R. H."

Robin Hood acababa de jugarle una de sus amenazantes bromas al malhumorado (despiadado e injusto, según había oído decir) Sheriff de Nottingham.

Y yo era el vehículo, el instrumento, con el que esta bromeante amenaza se había llevado a cabo: una simple flecha.


Douglas Wright

4 de marzo de 2011

Tenis interplanetario



Ron enderezó el entramado de cuerdas formado por treinta y cuatro haces de luz azul-violácea fosforescente que cruzaba el aro de su raqueta de aleación de acrílico. Guardó la llavecita de sección cuadrada, de un metal blanco y opaco, que había usado para realizar la delicada operación. El encordado sufría pequeños desplazamientos cada vez que utilizaba mucho movimiento rotatorio en la ejecución de los golpes; su preferido era el revés con slice, que le permitía un tiro profundo que rebotaba en los planetas más alejados de la cancha.

Se preparó para recibir el servicio de su rival, a quien podía ver por el monitor del casco espacial (no todas las atmósferas de los planetas que conformaban la cancha eran respirables para su especie). Iba perdiendo dos juegos a uno en el tercer, y definitivo set. Era un partido difícil. Sentía, además, la presión que ejercía sobre él la responsabilidad de estar representando a su sistema.

Los catorce dedos de la mano del brazo derecho-derecho (tenía dos de cada lado del cuerpo y uno en la espalda que sólo usaba para graduar las perillas de los tanques de nitrógeno, que era lo que respiraba) aferraban la empuñadura, forrada con un fino entramado de algas grises, de la raqueta. Las seis piernas levemente flexionadas hacían que su cuerpo (si se le podía llamar así a esa maraña de pelos verdes) oscilara en un suave vaivén, manteniéndolo en un estado de tensión.

Stephan, que así se llamaba su rival, hizo rebotar la pequeña pelota amarilla y afelpada, cruzada por una cicatriz en forma de símbolo de Yin y Yang, tres veces contra el suelo arcilloso. Esta acción, que comenzó siendo el hábito neurótico de algunos jugadores brillantes, se había convertido en parte del juego: debía llevarse a cabo o el servicio era anulado.

Stephan tenía un servicio poderoso, Ron lo sabía, y era difícil prever a cuál de los seis planetas que conformaban el sector de recepción de su lado de la cancha lo enviaría. Ron sabía que Stephan los prefería abiertos, con mucho efecto, sobre el planeta del extremo derecho, en el límite del sector. El efecto hacía que la pelota rebotara hacia afuera de la cancha, a una zona inhóspita del espacio, desde donde era casi imposible devolverla.

Pero no fue así. Por fortuna para Ron, Stephan forzó demasiado el primer servicio, que quedó colgado de la red (un cordón gaseoso que cruzaba el espacio y dividía la cancha en dos). Un chico azul, en una pequeña y veloz nave unipersonal, retiró rápidamente la pelota. Sólo podía haber una en el campo de juego: las reglas lo indicaban así.

Esto era bueno para Ron ya que el segundo servicio de Stephan no podría ser tan poderoso, ni tan arriesgado. De todos modos las manos de Ron transpiraban un líquido amarillo que hacía que la empuñadura de la raqueta perdiera firmeza. Lo peor era la espera.

Stephan dio media vuelta hacia atrás y miró a las dos jóvenes que le ofrecían, desde los planetas de las esquinas de la cancha, una pelota para el próximo servicio. Con un gesto mínimo de la cabeza señaló a la muchacha de la derecha, que enseguida le lanzó la pelota que tenía preparada en la mano de un único brazo, largo y poderoso, ubicado en medio de una maraña de alas multicolores. La pelota dibujó una curva suave y rebotó justo delante de Stephan, que la atrapó con un gesto automático.

Stephan la sostuvo en la palma de la mano izquierda, a la altura de los ojos. La superficie espejada de la visera impedía ver cuántos tenía, aunque tratándose un jugador profesional de primer nivel, como lo era él, presumiblemente más de cinco. Parado de ese modo, con la pelota en una mano y la otra apoyada en la cintura sosteniendo la raqueta como si fuera una espada envainada, parecía un actor recitándole una exótica versión del monólogo de Hamlet a una saludable calavera con aspecto de Pac-man tridimensional.

En la parte superior del casco se abrió una tapa de la que surgió un extraño artefacto, lleno de lentes intercambiables de distintos tamaños y colores, que parecía un microscopio antiguo. Un brazo extensible articulado llevó el aparato hacia adelante y lo hizo descender hasta que un extremo quedó a la altura de los ojos de Stephan. Éste acercó la pelota con cuidado al otro extremo y observó detenidamente.

Los distintos cristales le permitían ver el interior de la pelota, conocer la presión con exactitud, analizar la fibra de felpa que la recubría en busca de imperfecciones, saber el peso exacto y hasta tener una evaluación caracterológica, ya que era bien sabido que existían pelotas ganadoras, perdedoras y neutras por naturaleza.

Finalmente, un dispositivo especial, ubicado en la parte inferior de la visera de su casco, le permitió a Stephan extraer dos lenguas verdes y brillantes, como los tentáculos de una medusa, que palparon delicadamente la superficie de la pelota. Para algunos jugadores, este tipo de comprobación intuitiva era más importante que el dictamen del equipo más sofisticado. Ellos, como los actores y los caudillos, se regían por extrañas cábalas personales a las que atribuían una importancia superlativa.

El análisis exhaustivo de la pelota reveló algo que a Stephan le pareció inaceptable porque la devolvió con un gesto de desagrado, como si fuera un plato de comida en mal estado. Enseguida pidió otra, esta vez a la joven de la izquierda. La nueva pelota fue inmediatamente aprobada. Este procedimiento de selección podía extenderse indefinidamente, interrumpiendo el ritmo del juego, y era el recurso utilizado por algunos jugadores para alargar innecesariamente partidos que estaban perdidos. Por eso la aprobación de la nueva pelota fue recibida por los espectadores con una cerrada ovación que hizo temblar a las galaxias próximas al estadio.

Stephan tomó nuevamente su posición en la cancha. Se perfiló sobre la línea del fondo teniendo el cuidado de no pisarla. Miró a Ron por el monitor de su casco rojo. Sacudió varias veces el hombro para despegar la manga del traje espacial de su piel transpirada. Hizo rebotar la pequeña pelota afelpada, de amarillo Yin y Yang, tres veces, reglamentariamente, sobre la superficie rojiza. Y se dispuso a ejecutar el segundo servicio.

El brazo izquierdo de Stephan se elevó en el aire, los siete dedos de la mano se abrieron como los pétalos de una extraña flor, y la pelota salió flotando hacia arriba grácilmente, como una mariposa gorda y amarilla que acababa de libar. El brazo derecho (él tenía sólo tres, contando el de la espalda que, como Ron, también usaba para ajustar los tubos de respiración —butano en su caso) se extendió hacia atrás en un arco abierto. En la mano derecha pendulaba la raqueta. Ésta comenzó a subir y, en el momento en que la pelota llegaba al punto más alto de su trayectoria y parecía flotar por un instante inmóvil en el aire, la golpeó violentamente, haciendo vibrar las luces celestes del encordado, que se confundieron en un llamativo borroneo vibratorio.

La pelota salió despedida a una velocidad increíble. Al mismo tiempo, Ron pegó un salto en dirección a los planetas del centro. Se perfiló, adelantó el hombro derecho-derecho, y llevó hacia arriba y hacia atrás la cabeza de la raqueta. Debía responder con un golpe de revés (su golpe preferido), ya que la pelota había rebotado sobre el planeta del límite izquierdo del sector de recepción. Pero no lo logró.

El tiro venía demasiado rápido y la pelota golpeó contra la parte superior del marco de la raqueta, saliendo disparada hacia arriba (arriba, claro está, es sólo un modo relativo de indicar la dirección que tomó la pelota). La pelota no sólo salió del espacio físico de la cancha, sino también del tiempo en el que estaban jugando el partido. Ya no volvería. Algún espectador, seguramente de otro sistema y probablemente de un tiempo futuro (la experiencia indicaba que la mayoría de las pelotas que salían disparadas hacia arriba aparecían en el futuro), la conservaría como recuerdo.

Una voz profunda, que en los planetas primitivos creían La voz de Dios, vibró sobre el estadio y las galaxias circundantes y, aguda y distorsionada por la estática, en los auriculares de los cascos de Ron y de Stephan.

—Quince a cero —dijo.

Ahora Ron debía recibir el servicio en el sector izquierdo. Se encaminó hacia ese lado de la cancha dando pequeños saltos para aflojar la tensión; relajó los músculos del cuello mediante un movimiento de rotación de los hombros (un gesto característico de los oficinistas estresados); y trató de recomponer el ánimo y sobreponerse a la frustración, dándose enérgicas palabras de aliento en su lengua nativa. Era difícil concentrarse mientras el público del universo continuaba ovacionando el ace de su rival en una infinita variedad de idiomas que él desconocía.

Fue un partido largo. Ron y sus descendientes (su hijo y su nieta, para ser precisos) opusieron una tenaz resistencia a los embates de Stephan y los suyos (dos hijos —uno se luxó un tobillo y debió cederle el puesto a otro— y un nieto). Finalmente, y como todo lo hacía prever, el equipo de Stephan resultó vencedor.

De todos modos, fue realmente emotiva la ceremonia en la que, primero el perdedor y los suyos, y luego el ganador, agradecieron a los organizadores del torneo y a sus respectivos patrocinadores: el de Ron era un conocido laboratorio que revitalizaba los fluidos de los deportistas mediante un proceso de licuado; el de Stephan, una empresa que había logrado adecuar las palomitas de maíz a los gustos de las especies de todos los sistemas y de todos los tiempos ¡en un único sabor universal!, y distribuirlas mediante un eficaz sistema de delivery a la hora del partido. Por último, ambos bandos elogiaron el espíritu deportivo y la caballerosidad de sus rivales, saludaron a sus familiares y entrenadores —orgánicos y artificiales—, y manifestaron el firme deseo de volver, en la siguiente emisión del evento, para dar su mejor esfuerzo ante un público tan maravilloso.


Douglas Wright

9 de marzo de 2009

La espera

Las palabras “COLT 45” se leían en bajorrelieve sobre la superficie metálica negro azulada. Las puntas de tres dedos se cerraban sobre las cachas de marfil del revólver. Un vaquero alto, con un sombrero de ala interminable, lo apuntaba.



En el otro extremo de la barra había tres rufianes. Uno era grande y gordo, como el Pete Pata de Palo de las historias del ratón Mickey, y tenía un sombrero que le quedaba chico. Otro era alto y desgarbado, con un solo diente que le asomaba entre los labios blandos. Su nariz era enorme y el tipo parecía tener mal aliento. El tercer rufián estaba todo vestido de blanco y era rubio y bajito, aunque perfectamente proporcionado. Sus rasgos eran delicados y tenía manos de violinista. Calzaba botitas con tachas y flecos.

El cantinero los miraba inmóvil. En una mano sostenía un vaso; en la otra, un trapo sucio con el que lo secaba para colocarlo sobre la pila de vasos limpios que relucía en la esquina del mostrador, junto a la caja registradora de hierro negro, muy alta y muy vieja, llena de finos adornos de bronce lustroso en forma de hojas retorcidas.

El cajón de la registradora estaba abierto y de uno de los ocho cubículos en que estaba dividido el fondo mediante unas tablitas de madera delgada sobresalía la punta de un billete verde oscuro, algo ajado, y con una esquina rota. En la parte central del borde superior había dos palabras patas para arriba. Las gruesas letras blancas tenían un sombreado que le daba a la inscripción una sensación de relieve. De la inscripción parecía colgar, como una uva madura, un óvalo que albergaba en su interior la figura de un hombre cabeza abajo. Dos matas de pelo blanco se abrían en punta hacia los costados y, aun en esa extraña posición, se notaba en su mirada la clara serenidad de un padre de la patria. Un montón de hojas retorcidas —casi tantas como las que adornaban la caja registradora—, enmarcaban, en las cuatro esquinas del billete, un número“1” invertido.

Este billete era el único que quedaba en el cajón de la registradora y estaba enganchado en la cabeza de medio clavo oxidado que sobresalía del fondo en un ángulo inclinado, como si el carpintero que había fabricado aquel cajón lo hubiera dejado a medio clavar —“¿qué importa?, si total, allá abajo no se nota”, habrá pensado. Ahora, aquel clavo sostenía el único billete que el rufián gordo —con aspecto de Pete Pata de Palo— no había tomado. Entre sus manos rechonchas sostenía una bolsa de gruesa tela de arpillera de la que sobresalían algunos billetes como el del cajón de la caja registradora.

Era un atraco. Un asalto. Un robo a mano armada. No las manos del gordo, que estaban ocupadas con la bolsa de arpillera, pero sí las de los otros dos. El flaco desgarbado sostenía un revólver largo que, como él, también parecía tener un solo diente —una mira alta y delgada—, y mal aliento. La punta del caño estaba algo caída y apuntaba hacia abajo. El petiso impecable sostenía un revólver tan lindo y brillante que parecía de juguete. No lo era. De la punta del caño salía un hilo de humo azulado. En el hombro del vaquero del sombrero interminable comenzaba a crecer una mancha roja, como cuando se derrama tinta sobre un papel secante. Era de un rojo tan oscuro como sólo puede encontrarse en los tinteros de la Oficina de Correos.

La escena transcurría en una de esas cantinas del Lejano Oeste llamadas “SALOON”. Detrás de la barra, y del cantinero congelado en el gesto de secar el vaso, tres grandes espejos cubrían el fondo. Se extendían entre columnas cuadradas de una madera oscura y rojiza, llena de molduras con hojas retorcidas como las que adornaban la caja registradora y el billete atascado en ella. Cientos de botellas y frascos de color violeta oscuro, verde azulado, negro y dorado, y de vasos y vasitos, y copas y copitas colocadas boca abajo, brillaban duplicados sobre los estrechos anaqueles de cristal.

Una docena de mesas circulares, algunas de madera oscura y otras con un paño verde, estaban desparramadas sobre la superficie de gruesos tablones entarugados del piso del “SALOON”. Los parroquianos —que tenían poco aspecto de asistir a la parroquia— estaban sentados en grupos de cuatro frente a las mesas de paño verde, y solos, con un vaso en la mano y una botella medio vacía —o medio llena, según se mire—, frente a las mesas oscuras. Todos eran hombres —gastados como las mesas—, con excepción de dos personajes: una mujer muy flaca, y una mujer muy gorda.

La flaca estaba sentada frente a un piano destartalado que parecía la víctima de una mudanza descuidada. Agitaba los brazos y, mientras sus dedos aporreaban las teclas —amarillentas como los dientes con sarro de un caballo viejo—, un par de pies largos como canoas —enfundados en zoquetes con encajes deshilachados, y calzados en botines negros de tacones altos y gruesos abrochados con una infinidad de botoncitos blancos en forma de flor—, pisoteaban los pedales como si fueran los de una máquina de coser. La mueca torcida y grotesca de la boca abierta parecía indicar que estaba cantando a viva voz (o tal vez sólo bostezaba por tener que tocar cada noche las mismas canciones ante un público desatento que parecía ignorarla por completo).



La gorda, en cambio, era un espectáculo: parecía un elefante de circo. Más aun, parecía la carpa de un circo, aunque muchísimo más adornada. Lucía un vestido rosa pálido brillante —casi fosforescente— cruzado por un montón de rayas negras como los hierros de un tonel que intentaban a toda costa contenerla dentro del vestido-baúl sin conseguirlo del todo. Dos volúmenes impresionantes, cruzados por un collar de cuentas moradas grandes como pelotas, asomaban por el escote y empujaban las tres papadas hacia arriba; los pliegues de la carne formaban una figura incomprensible —como la marca de hierro de un rancho ganadero.

Estaba sentada en el regazo de un viejo flaco que reía —o lloraba— con tres dientes. Mientras el brazo derecho del viejo rodeaba a la gorda —o hacía un tímido intento por lograrlo—, su brazo izquierdo marcaba salvajemente el compás de la música —¿una polca?— sobre la rodilla huesuda que se dibujaba filosamente debajo de un pantalón azul, de tela gruesa y dura como la de las carpas del ejército de La Unión. El extremo deshilachado de la puntilla grisácea que bordeaba el vestido de la gorda estaba atorado en una de las patas de la silla en la que estaba sentado el viejo. Si la gorda (que tenía todo el aspecto de llamarse Daisy) llegaba a levantarse de golpe, la puntilla se arrancaría de un tirón, con el sonido de un pescado destripado por un cuchillo sin filo.

Los brazos de Daisy (la gorda decididamente se llamaba así) abrazaban —y abrasaban— al pobre viejo, que reía llorando, o todo lo contrario. Tal vez no cantaba —marcando alocadamente el ritmo con la mano—, sino que pedía desesperadamente que le sacaran a la gorda de encima. Entre el hombro desnudo y el codo de la gorda colgaba un faldón de carne blancuzca y arrugada, como una cortina vieja. Eso sí: la gorda parecía oler bien.

Al fondo a la derecha dos pequeñas puertas de vaivén, como persianas entablilladas colocadas a media altura, dejaban ver, por encima, una parte del cartel del herrero —un negro apellidado Smith— y por debajo, un bebedero alargado frente al cual había tres caballos atados. Uno, gordo y desprolijo, como el caballo del Pete Pata de Palo de las historias de Mickey; otro, flaco y desgarbado, con la montura desflecada y un par de moscas rondándole las ancas; el tercero, un caballito blanco que parecía de juguete, con una crin larga, perfectamente peinada de peluquería, en la que se podían ver las rayas verticales que había dejado el peine de metal. La montura era negra y lustrosa, y los arneses estaban llenos de tachas romboidales de plata brillante.



Debía hacer un esfuerzo con la vista para enfocar la escena ya que todo —el vaquero, los rufianes, el cantinero en la barra, las mesas con los parroquianos, la mujer gorda y la mujer flaca, y también los caballos en el bebedero— vibraba con un titilar de puntos luminosos.
Más allá de las patas traseras del caballito blanco una línea vertical interrumpía toda la escena. A continuación se podía ver el marco del televisor que estaba apoyado sobre un mueble con puertas de acrílico en cuyo interior se encontraba la videocasetera.

La imagen detenida brillaba en la penumbra de la sala. Sentado en el sillón, con el pulgar sobre el botón de “pausa” del control remoto, yo esperaba el regreso de mi hermano, que había ido a la cocina a buscar un par de gaseosas, para poner, otra vez, todo en movimiento.

25 de febrero de 2009

El caso del chico que veía todo aumentado



Antes, Juan veía todo aumentado. Si tenía por delante una lata de gaseosa, él la veía como la gaseosa de un enorme cartel publicitario, de esos que están en la parte más alta de los edificios de departamentos. Por suerte, la gaseosa aumentada era de la misma marca que la que Juan tenía frente a si. De otro modo, su problema hubiera sido muchísimo más grave.



Cuando miraba su pelota, él veía un inmenso planeta multicolor —la pelota de Juan era de las que se llevan a la playa, roja, verde y amarilla que, cuando giraba parecía que lo iba a hipnotizar.



Lo mismo ocurría con sus juguetes preferidos: el avioncito de plástico parecía salido de una película de aventuras —vista en la pantalla del cine, por supuesto—; el remolcador de lata era tan grande como los del puerto; y el tren eléctrico, igual de largo que la cuadra de su casa.
¡Y la lupa! Para Juan la lupa era un gigantesco telescopio interestelar.

Su pañuelo era una sábana, y la sábana de su cama: una estepa nevada con trineos y todo. Cuando desplegaba la toalla del baño se encontraba frente a la carpa de un circo, con elefantes y payasos, tigres y domadores, trapecistas y saltimbanquis...

Las plantas de las macetas que había en el patio eran la selva de Tarzán. (Tarzán no estaba, pero Juan había visto movimientos sospechosos entre las sombras del follaje.)

Cada zapatilla —con suela inflable y luces traseras como las que tienen las bicicletas— era una nave interestelar llena de antenas y ventanitas, de ésas que en las películas se ven siempre enfocadas desde abajo pasando en cámara lenta. Parecía salida de una película con las palabras «Guerra» y «Galaxia» en el título.

Su lapicera preferida, la de punta transparente y cuatro tanques de tintas de colores, era un cohete a Saturno. Seguramente los llamativos colores de su lapicera-cohete servirían para retocar cualquier imperfección en los anillos de ese planeta.



Una vez encontró una Vaquita de San Antonio sobre la verja del jardín y pensó que tenía por delante un elefante rojo a lunares. ¡Fue impresionante!



Para Juan, la pantalla del televisor era igual a la del cine más grande del barrio.

El día que sus padres lo llevaron al zoológico y se encontró frente a la jirafa, casi se desmaya. Fue entonces que ellos empezaron a sospechar que Juan veía las cosas de un modo diferente.

Su hermanita Rosa, dos años más chica que él, un día, jugando, encontró la solución: lo hizo mirar por el otro extremo de un largavista. Poco después, su padre le adaptó un par de anteojos viejos que Juan usaba con las patillas hacia adelante.

Finalmente, un viejo sabio —y un poco loco—, que tenía su laboratorio en la cima de una colina, le fabricó unos anteojos especiales. No fue fácil. Había que calcular exactamente el grado de “desaumentación” —así la llamaba él. La midieron usando la pelota multicolor, que Juan debía mirar fijamente mientras se iba probando los diferentes cristales.



Con los primeros cristales su visión de la pelota pasó de planeta a satélite, también multicolor.

Luego, de satélite a cúpula gigante de estadio internacional de patinaje sobre hielo. Cuando Juan vio la pelota como una bolita de vidrio, de ésas que tienen adornos de color rojo, verde y amarillo en su interior, el profesor Guffer (que así se llamaba el sabio loco —y un poco viejo) supo que se habían pasado.

Entonces fue aumentando poco a poco la graduación de los cristales, y la percepción de Juan pasó de bolita de vidrio a bola de billar; de bola de billar a bocha de helado de frutilla, menta y crema; hasta que, por fin, Juan vio su pelota multicolor exactamente como una pelota multicolor.
Ahora, con los anteojos especiales “desaumentadores”, Juan puede ir al zoológico y mirar a la jirafa o al elefante sin casi desmayarse. Y cuando en la escuela escribe una composición con el tema “La vaca”, no describe una “inmensa montaña marrón y blanca que emite un sonido grave que parece surgir de las profundidades de la tierra”.

Tampoco se prepara para lanzar golpes de karate —o cualquier otro arte marcial— si alguien le dice que hay mosquitos; o abre los brazos de par en par, mirando al cielo, cada vez que un chico le grita «ahí va la pelota».
¡Hasta la verruga —con un pelo en medio— en la punta de la nariz de la tía Jacinta, no le causa tanta impresión cada vez que ella le da un beso!

Y también puede tomar un baño de inmersión sin tener que colocarse un salvavidas, o ir al cine del barrio a ver una película. Esto se parece bastante a mirar la tele sin los anteojos especiales. Las diferencias son que el sonido es más fuerte, la sala está llena de personas desconocidas, y el baño queda mucho más lejos. Además, en el cine sólo dan películas; no se pueden ver series, dibujitos animados, o partidos de fútbol.

Sin embargo, alguna aburrida tarde de domingo, en especial si llueve y no puede salir a jugar a la vereda, Juan se lleva sus juguetes preferidos a la cama. El avioncito de plástico, de los que pueden «aterrizar» en el agua, con cuatro alas y un par de patines como botes alargados. El remolcador de lata, panzón, con una cabina pequeña y viejas gomas de auto colgadas alrededor de la borda. Y el tren eléctrico del Lejano Oeste, con la chimenea en forma de embudo, un farol dorado y una gran parrilla al frente. Entonces, Juan se recuesta en la cama, apoya la cabeza en la almohada, y se quita los anteojos especiales.