Alto, elegante, cuello plateado (largo, brillante, curvo, delgado), pico muy largo, todo mojado, que mueve y mueve de lado a lado y deja todo (tazas y vasos, platos, cubiertos), todo brillante, todo radiante: ¡todo lavado!
Todo cambia, todo cambia, nunca nada queda igual: el viento mueve las hojas, el sol camina en el cielo, el agua corre en el río, las nubes vienen y van.
Todo cambia, todo cambia, todo anda por andar: el día va hacia la noche, y la noche, a la mañana; todo camina y camina, ¡no deja de caminar!
Esta vez no quiero un cuento con princesas y soldados, ni con reyes en sus tronos, ni con hadas ni con hados.
Esta vez no quiero un cuento con príncipes azulados, ni con castillos con torres, ni con bosques encantados.
Esta vez no quiero un cuento con carruajes adornados, ni sirvientes de uniforme con cien botones dorados.
Esta vez no quiero un cuento con caballeros armados, ni con lanzas, catapultas, ni ejércitos bien formados.
Esta vez no quiero un cuento con dragones enojados, ni con magos ni con brujas, ni con ogros deformados.
Esta vez yo quiero un cuento donde todos, muy callados (los reyes y las princesas, los príncipes azulados, los sirvientes de uniforme, los caballeros armados, los magos de barba blanca, y las hadas y los hados, y los ogros y las brujas, y los soldados formados), todos sentados en ronda, todos en ronda sentados, me escuchen contar un cuento ¡que a todos deje asombrados!
Yo no puedo estar quieto ni siquiera un momento; y cuando me parece que estoy quieto, muy quieto, igual que como el viento, igual que el pensamiento, de nuevo, una vez más: ¡ya estoy en movimiento!