1 de febrero de 2024

Los sabores de la vida

 
Me gusta el sabor de algunas bebidas (el vino, por ejemplo), y me encantan los perfumes del azahar y del jazmín de mis balcones... 
 
Pero, a veces, bebiendo un vaso de agua fresca, me encuentro diciéndome a mí mismo, en voz alta: "¡ah, qué rica!".
 
Y, a veces, acostado en mi colchón, dejando que mis pulmones se llenen todo lo que quieran, siento que el aire es riquísimo también.
 
Como están ahí, a nuestro alcance todo el tiempo —todavía—, me parece que los valoramos poco.
 
A ellos: ¡salud!
 
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Algo más…
 
Cuando yo era chico, había unos personajes que hablaban en “capicúa” (venían de una época anterior, todavía —de aquellos “taitas” de tango, tal vez).
 
A veces, algunos versitos se me aparecen así, en “capicúa” (“el agua es rica —el agua—“) porque sí nomás, porque se les da la gana (y yo les sigo la corriente).
 
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Los sabores de la vida 
 
El agua es rica —el agua—,
el aire es rico, también
—el agua, con su sabor,
me salpica, me salpica.
 
El aire es rico —el aire—,
rico como el agua rica
—¡ah, el aire, con su aroma,
aromatiza mi vida!
 
Nada de "insulsa, insabora,
inodora e incolora":
¡una mentira total!;
el agua tiene sabores
—sabores ricos que pican.
 
Nada de "insulso", ¡mentira!
—digo, el aire no es así—,
tiene perfumes de vida:
los aromas de la vida,
los aromas del vivir. 
 
Douglas Wright



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